viernes 30 de septiembre de 2011

La sonrisa de Sofia..

Se aventuraba a sonreir todos los días.  Por eso nunca se imaginó que un gesto tan fácil  le fuera a costar la vida. Amó cada pequeño detalle que le rodeaba.  Se abrazó a cada resquicio de vida que despuntaba en cada esquina. Nunca le dejaron elegir. Ni lo bueno, ni lo malo. Desde los 5 años tuvo que aprender a olvidarse de los sentimientos, y dejar  que uno tras otro le fueran robando el aire.

Hace ahora muchos años que Sofía  envuelta en unos trapos sucios sintió el abrazo de una madre;  la primera de todas las noches oscuras y olvidadas que la acompañarían el resto de sus días. Es ahora cuando sentada  en la mecedora que le regaló aquel galán francés  cree respirar tranquila. Aquel hombre que durante su época de niña, de niña casí mujer,  consiguió robarle el corazón para luego huir con él esa noche del 12 de julio de aquel año tan tórpido.  Una mecedora a cambio del silencio de un cuerpo hueco y mudo.  No volvió nunca más a conocer  a un ser humano tan tierno y maldito a la vez. Recuerda como aquella sentida primera vez, le hizo olvidar durante los siete minutos que marcó aquel reloj de cuco, y unas cuantas horas de caricias de piel contra piel, todos los hombres que habían osado robarle el placer a base de cuatro duros que alimentaban su hambre y el raquitismo que sutilmente la había deformado. No para hacer de ella un monstruo. Solo para marcar la diferencia.

Y así pasaban las horas. Y así pasaban los días. Y Sofía sentada frente a esa ventana vieja que le abría la mirada a un mundo que no quería ver.  Con una sonrisa gastada en los labios y los ojos perdidos en sus pensamientos. Pensamientos hilados unos con otros con el fino hilo del que se tejen los sueños que nunca se cumplieron. Y cosidos a retales de la fustración y la decepción que llenó el mundo  aquellos estúpidos años, y que al final, y no después de pocos intentos consiguieron volverla loca y atarla a aquella habitación  donde cada día la única visita que recibía era la de su enfermero, Pedro.  Le traía su medicación, siempre a la misma hora. Y también fue él, quien un año después de la llegada de Sofía a ese manicomio perdido a las orillas de aquel rio olvidado, decidió que no podía dejar a Sofía sin sonrisa. La sonrisa que llevaba  puesta el día de su llegada y que perdió lentamente con el discurrir de los meses. Una de las sonrisas  más bonitas que Pedro había visto en aquel inhóspito lugar. En su momento dudo si alargar cortando las comisuras, a base de rasgar con un cuchillo afilado, pero al final pensó que la manera más fácil y respetuosa  era coser las comisuras a las mejillas. Sonrisa perpetua y dolorosa, que le recordaría a Sofia  en los pocos momentos de lucidez que todavía le  quedaban, el maldito día en el que le enseñaron que sonreir siempre era la mejor opción.