Se aventuraba a sonreir todos los días. Por eso nunca se imaginó que un
gesto tan fácil le fuera a costar la vida. Amó cada pequeño detalle
que le rodeaba. Se abrazó a cada resquicio de vida que despuntaba en
cada esquina. Nunca le dejaron elegir. Ni lo bueno, ni lo malo. Desde
los 5 años tuvo que aprender a olvidarse de los sentimientos, y dejar
que uno tras otro le fueran robando el aire.
Hace ahora
muchos años que Sofía envuelta en unos trapos sucios sintió el abrazo
de una madre; la primera de todas las noches oscuras y olvidadas que
la acompañarían el resto de sus días. Es ahora cuando sentada en la
mecedora que le regaló aquel galán francés cree respirar tranquila.
Aquel hombre que durante su época de niña, de niña casí mujer,
consiguió robarle el corazón para luego huir con él esa noche del 12
de julio de aquel año tan tórpido. Una mecedora a cambio del silencio
de un cuerpo hueco y mudo. No volvió nunca más a conocer a un ser
humano tan tierno y maldito a la vez. Recuerda como aquella sentida
primera vez, le hizo olvidar durante los siete minutos que marcó aquel
reloj de cuco, y unas cuantas horas de caricias de piel contra piel,
todos los hombres que habían osado robarle el placer a base de cuatro
duros que alimentaban su hambre y el raquitismo que sutilmente la había
deformado. No para hacer de ella un monstruo. Solo para marcar la
diferencia.
Y así pasaban las horas. Y así pasaban los
días. Y Sofía sentada frente a esa ventana vieja que le abría la mirada
a un mundo que no quería ver. Con una sonrisa gastada en los labios y
los ojos perdidos en sus pensamientos. Pensamientos hilados unos con
otros con el fino hilo del que se tejen los sueños que nunca se
cumplieron. Y cosidos a retales de la fustración y la decepción que
llenó el mundo aquellos estúpidos años, y que al final, y no después
de pocos intentos consiguieron volverla loca y atarla a aquella
habitación donde cada día la única visita que recibía era la de su
enfermero, Pedro. Le traía su medicación, siempre a la misma hora. Y
también fue él, quien un año después de la llegada de Sofía a ese
manicomio perdido a las orillas de aquel rio olvidado, decidió que no
podía dejar a Sofía sin sonrisa. La sonrisa que llevaba puesta el día
de su llegada y que perdió lentamente con el discurrir de los meses. Una
de las sonrisas más bonitas que Pedro había visto en aquel inhóspito
lugar. En su momento dudo si alargar cortando las comisuras, a base de
rasgar con un cuchillo afilado, pero al final pensó que la manera más
fácil y respetuosa era coser las comisuras a las mejillas. Sonrisa
perpetua y dolorosa, que le recordaría a Sofia en los pocos momentos
de lucidez que todavía le quedaban, el maldito día en el que le
enseñaron que sonreir siempre era la mejor opción.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada