Las manos van dejando rastro en tu cara hundida.
Me atacas y piensas que esto terminó aquí.
La razón te resbala por la ropa,
y crees que el premio será tuyo.
Pero el camino que dibujabas hoy,
mañana se habrá ido.
Y yo hablaré a gritos mientras desaparece tu silenciosa sonrisa,
y tus ojos se encienden en llamas.
Convencida estaba de haber vencido,
aun siendo esta oscura realidad otra.
Por un segundo no fui yo la que perdió los papeles.
Por un segundo casi me arañas el cuello,
con las garras del orgullo herido.
En tan solo un segundo, te vi caer al vacío.
No sabías lo que habías hecho.
No sabías nada.
Sólo mordías.
Mordías y arañabas.
Un perro salvaje hubiera sido más delicado que tú.
Y es ahora cuando el arrepentimiento me embriaga.
Desearía no haber desatado las cadenas que te contenían.
Las cadenas que te permitían edulcorar la realidad de lo perdido.
Pero ahora que el mal ya está hecho,
no me queda nada más que hacer,
O quizás podría probar a contenerte a base de pólvora gastada en mi sien.
O quizás como antaño la solución la encuentre escondida.
escondida en aquello que semejaban canicas aplanadas,
y que sabían tan mal.
Esas que a veces, ¿recuerdas?,
me costaba tanto tragar.
No sé porque escribí esto. ¿Cuando? Tampoco lo sé.
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