
Cuando no sabes dónde te metes, difícilmente sabes cómo acabarás. Pero aquí estoy otra vez, dándomelas de listo y de saber controlar el juego de palabras que salen de mis dedos, cuando realmente son ellas las que me dominan a mí. Un día se acercaron, y quisieron salir a pasear, pero no se hace fácil saber darles forma cuando ni siquiera intuyes el objetivo a alcanzar. Al final son ellas, quienes sin previo aviso te inducen a soltar en un momento de locura todo aquello que ni aun con la ayuda de una copa de vino (o cien), serías capaz de escupir. Un día lo intenté, y sin ayuda destilada me subí a lo alto de una escalera en una esquina de una ciudad, y balbuceé. Ni yo sé lo que dije, ni nadie me entendió. Sonreí y disimuladamente volví a un plano más cómodo para mí. Las alturas no aportan estabilidad, y mi pulso no nació enseñado para lidiar con emociones fuertes.
Vivo en un mundo que no he imaginado yo. No me pidieron opinión cuando los eruditos se reunieron para escribir la historia del mundo donde viviría. Y ahora que me doy cuenta de lo mal que construyeron el destino, querría aportar algo. Pero no será hoy, ni tampoco mañana. Porque yo tendré claro lo que quiero, pero las palabras me bailan descompasadas en senderos resbaladizos. Nos enseñan que el poder de la mente puede crear, que puede cambiar lo erróneo, pero no será aquí. No en este mundo. Quizás en mi mundo de ciencia ficción sea yo quien creé y destruya, mate y me recreé. Quizás haya jugado las cartas que me dieron. Quizás haya elegido mi vida, y mis decisiones influyan en su devenir. Pero esto ya no es un quizás: si todo dependiera de mí, habría cientos de cosas que cambiaría; primero cortaría unas cuantas cabezas, y luego ya jugaríamos con lo que vaya viniendo. Qué si otros creyeron llevar razón. Yo no iba a ser menos.
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