Entre lo elegido quedó la tinta de todo lo que se nos daba mal.
Primero fue el viaje aquella estanteria, de donde ya, sólo pudiste salvar los recuerdos sin borrar.
Los clavos roidos de un gran manantial, seco y agrietado.
Después fue el rugido de las piedras al rodar por tu espalda.
Recordando las ataduras que no son más que miedo al andar.
Más tarde el tacto de las señales que no atendiste.
No te parecieron lo suficientemente esclarecedoras,
y el miedo volvio a cantar.
Y todo mientras dejabas al movimiento fluir
desde tu jaula infantil,
donde te escondías con solo pensarlo.
Porque no era suficiente el impulso inerte de lo deseado,
tu querías más, pero nunca sabías la distancia a recorrer.
Finalmente, optaste por no moverte, y el tiempo pasó,
y nadie volvió saber de ti.
Tampoco importó demasiado.
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