martes, 12 de abril de 2011

Uh!

"Te gustaría con un frase decir lo que te ronda por la cabeza. Como mucho dos. ¡¿Qué coño?!. Tampoco hay que ser tacaños: te gustaría con un párrafo coherente y gramaticalmente correcto decir lo que piensas. Te gustaría poseer la verborrea lícita que te corresponde. Pero no puedes, y no sabes si es porque neuronalmente estás acabada, desde ahora, o desde siempre porque naciste con la capacidad innata para no saber lo que piensas, o no saber lo que dices. Resumir, dejar fluir y no objetivarlo todo y a la par entretener. La putada es cuando sólo entretienes diciendo cosas sin coherencia y al azar, y no sabes si se ríen de ti por tonta, o porque todos tendemos a la (son)risa cuando no sabemos que contestar. Y la mayor putada, es que puedes relacionarte socialmente aunque hables cual dinosaurio bonico, pero quizás no puedas hacerlo profesionalmente cuando acabas cada secuencia de palabras con la inseguridad manifiesta de un “ y esas cosas”. Y volviendo al principio, no tiene comparación la necesidad de expresar lo que piensas o sientes con la necesidad de comunicarte formalmente. La primera siendo robot o piedra, lo solucionas. La segunda te puede causar malos tragos, cuando lo necesitas para sobrevivir. Y quizás todo esto resulte de la manía congénita de estar en silencio más de lo que tu garganta te pide, y más de lo que tu orejas se mantienen alerta a las palabras de los demás. Cuando tu cerebro va más rápido que tu boca, te atropellas. Cuando se desliza a trompicones, o te callas por no manifestarlo, o tartamudeas deliciosamente mal. Y a veces escribes mejor que hablas. Y si aquello que escribes lo hiciera un nene de 12 años, incluso sería bueno."