El sin sentido de la desidia
que te ronda de improviso
cuando acercas tu atención a la puerta entreabierta,
y escuchas entre el tumulto,
el crujido de la mente al romperse.
La esperanza agazapada que vislumbraba el precipicio,
de la tumba a la que tantas veces fuiste, tantas como volviste y muchas menos de las que soñaste.
Porque sentarse a la espera, no funciona
cuando el impulso oculto de las ganas que no tienes, te ayudan a supurar entre heridas
el alcohol que no bebiste, pero acariciaste.
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