Lo que me perdí mientras miraba al sitio equivocado ni yo misma lo sé. Empeñada estaba en creer que lo que desde mi posición se divisaba, era todo lo vería el resto de mi vida. Decidí vivir la vida con un par de esas cosas que llevan los caballos que le cubren la parte lateral de los ojos. (sé el nombre, pero no lo pondré (= ). Veía lo que quería ver, pero no todo lo visible. Los caballos no eligen llevarlas, son sus dueños, quienes para conseguir que éstos sean dóciles y obedientes, y no se distraigan, ni asusten con las vistas del camino se las colocan por rutina y precaución.
De esta manera yo elegí mirar hacía el frente y no distraerme con lo que pasaba a mi alrededor. Engañada y convencida de que el camino más fácil y sin tropezones era aquel que vislumbraba con los ojos mirando al frente, fijos, quietos y dóciles. Tomé la precaución por el miedo a equivocarme. Hay veces que la precaución es la mejor opción, pero no lo es cuando la utilizamos como la escusa para no vivir miles de aventuras que están por venir, y que ya no lo estarán porque has optado por ni siquiera tenerlas en cuenta. Después de mucho tiempo aprendí que hay que degustar todo lo que vaya llegando. Ir deleitandose con todo lo que se cruza en tu camino. Fue entonces cuando aprendí a mirar por primera vez en mi vida. Me dí cuenta que no puedes seguir toda tu vida intentando alcanzar el inútil objetivo que te fijaste años atrás. Lo intente y fracasé, pero lo seguí intentando por el miedo a equivocarme una vez más. Y no lo hice (equivocarme), porque me engañé y en mi engaño no me equivoqué, pero si lo hice por cerrar las puertas a todo lo que debería haber llegado a mi vida.